lunes, 5 de enero de 2009

El reencuentro.


Estaba ansioso. Regresabas de Esquel. Hacía ya un mes que no te veía, que no te sentía.
Sonó el timbre de mi casa. La emoción jugaba con mi pulso y no me dejaba encontrar la cerradura.
Eras vos. Estabas del otro lado de la puerta. Cruzaste el umbral. Nos miramos. Los cuerpos se atrajeron como imanes. No pudimos detenerlos. Nuestras manos se condujeron con pericia sobre el cuerpo del otro. Recorrieron aquellos rincones tantas veces recorridos. Recordaron cicatrices y lunares. Una corriente eléctrica atravesó mi espalda cuando tus labios hicieron contacto con los míos.
En ese momento la ropa comenzó a asfixiarnos. La pasión derrotó a las costuras, a las hebillas y a los botones, que eran la prisión de nuestra piel.
En el recorrido hacia la cama quedó un tendal de prendas inertes y frías que agonizaban ante el vacío que habían dejado nuestros cuerpos, ahora desnudos, libres.
Un pequeño empujón te derribó sobre el colchón. Estabas indefenso, a la espera del ataque. Mis manos fueron re-conociendo cada centímetro de tu piel nueva y floreciente. Te estremecías ante el recuerdo del encuentro tantas veces imaginado, de ese recuerdo que ahora es instante, de ese instante que ahora es caricia, de esa caricia que ahora es encuentro.
Tu respiración intentaba sofocar a la impaciencia, mientras mi dedo llegaba al final de su aventura epidérmica. Se posó justo ahí, en aquel lugar que sólo vos y yo conocemos, aquel lugar que juntos descubrimos. Lo que era un suave suspiro se transformó en un jadeo ardiente que marcaba el compás de mis movimientos.
Mi boca, celosa de mis manos, que habían llegado a donde ella quería estar, no quiso ser menos y se lanzó precipitada a una carrera que dejaba a su paso un sendero de humedad que erizaba tu piel.
Por momentos jinete, por momentos la bestia, ambos cabalgamos sobre la montura del deseo. Nuestras voces a veces fueron susurros, a veces aullidos. En nuestras palabras se mezclaron el amor, la ternura y la vulgaridad. Tu sudor se confundía con el mío, ya no sabíamos donde terminaba uno y comenzaba el otro.
Toda la pasión y el desenfreno, las caricias y los besos contenidos por treinta días, culminaron repentinamente cuando nuestros ojos se encontraron. El tiempo se detuvo. No nos animábamos a hacer el más mínimo movimiento. Eran nuestros ojos que estaban hablando su lenguaje, un lenguaje sin palabras, sin gestos, un lenguaje que sólo ellos comprendían.
Te recosté suavemente sobre la almohada. Mis dedos recorrieron tu rostro, acariciaron tus ojos, tus labios, una sonrisa se dibujó cuando aquel cosquilleo te hizo suspirar. Lentamente acerqué mis labios a tu cuello, besé tus hombros, sentí tu aliento rozar mis oídos. Cada movimiento era tan lento que parecía que estábamos bajo el agua.
Sin hablar me lo pediste y nuestros cuerpos se unieron como si fueran dos mitades de un mismo todo que el tiempo bendijo con el reencuentro.