lunes, 16 de febrero de 2009

El parque.


Volvíamos de una fiesta en las afueras de la ciudad. Era una noche oscura en la que la luna ocultaba su rostro y la niebla de invierno nos conminaba a una ceguera forzada, apenas interrumpida por las luces de algún vehículo que transitaba por el carril contrario. La conversación dentro del auto no era otra que la esperada luego de algunos tragos, un poco de música y el desfile de rostros desconocidos. El ingreso a la ciudad estaba cerca, sólo bastaba atravesar aquel parque y la civilización nos ofrecería su puerta de ingreso para deshacernos de la penumbra que parecía tragarnos.

Cuando bordeábamos el parque, un presentimiento extraño se adueñó de todos mis sentidos, algo que me aturdía y no me permitía pensar claramente. Le pedí que detuviera el auto. “Algo malo pasa en el parque”. Me dijo que no fuera ridículo. “Acá no hay un alma. Y si hay alguien mejor ni saberlo. Seguro nos roban.”

Quise tranquilizarme. Tenía razón, había bebido bastante y estaba algo confundido. Cuando mi respiración retomó su ritmo normal, volví a sentirlo. Ahora estaba seguro que aquello era una voz. “¿Escuchaste? Alguien nos está llamando desde el parque. ¡Paremos!” Insistí.

Aceleró la marcha, y me lanzó una mirada de fastidio.

Miré hacia el parque, y vi cómo un claro se abría en la espesura de la niebla. Era como si alguien estuviera luchando. Sentía su furia. Oía sus palabras como un pequeño susurro junto a mis oídos. Alguien pedía ayuda y yo no podía hacer como si nada pasara.

Llegamos a un semáforo. Le dije: “Si no volvemos me bajo acá. Algo pasa. Lo vi”. “¿Dónde?” “Allá, en el centro del parque.” “Con esta niebla, a esta hora es imposible que veas el centro del parque, ¡no perdamos el tiempo!”

En ese momento un golpe me sobresaltó, fue un instante, un segundo. Giré mi cabeza y vi aquel rostro espectral y distorsionado que se estrellaba contra el vidrio del auto y desaparecía con la misma velocidad con la que llegó allí. El encuentro con esa mirada aterrada me bastó para entender que no podía quedarme sentado. Él me miró y me dijo: “¿Qué te pasa? ¿Por qué llorás?” Abrí la puerta y me arrojé hacia el parque.

Fue un instinto. Corrí hacia donde había visto el claro. La voz me guiaba a través de la oscuridad con sonidos que me provocaban una tristeza inconmensurable que crecía a cada paso. Mis ojos se debatían por encontrar aquella voz en el vacío. Sentía el peso de la niebla sobre mis hombros. Mis pies tropezaban con ramas y raíces. La cercanía me permitía distinguir que aquella voz era un llanto, una súplica.

Allí lo encontré. Apenas alcancé a sostenerlo en mis brazos. Abrió sus ojos por última vez y dijo “Gracias. Llegaste.”

Estaba tendido sobre un banco justo en el centro del parque. En aquel lugar donde de día algunos niños juegan alrededor de la fuente y de noche otro muere en soledad, rodeado de silencio, de niebla, de olvido.

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“15 años. Parece una sobredosis. Una pena.” Dijo el policía.



5 comentarios:

Café (con tostadas) dijo...

aia, querido!!!

No podés publicarme esto un lunes a la mañana y menos ESTA mañana de luneS!

Dago dC... dijo...

Perdón! hace días que lo tenía pendiente de publicación!... no fue a propósito!...Besitos querida!:D

Javier dijo...

la verdad que me re cag......
te juro q se me estremecio todo
me dio cosita y tuve que mirar debajo de la cama
ay nene sos un capo
escribite un libro yaaaaa
beso
javo

Javier dijo...

la verdad que me re cag......
te juro q se me estremecio todo
me dio cosita y tuve que mirar debajo de la cama
ay nene sos un capo
escribite un libro yaaaaa
beso
javo

markitoxxx dijo...

Excelente relato, me atrapaste por unos minutos y me soltaste estrellandome con la realidad cruda de esos chicos de 15 años...

Abrazo