jueves, 4 de junio de 2009
Ni el tiro del final...
domingo, 10 de mayo de 2009
Mi cara de él.
Una tarde, revisando fotos viejas en mi casa, encontré una foto del último día de clases del jardín de infantes. Recorrí aquellos rostros ya desconocidos una y otra vez, tratando de hacer memoria, de recuperar algún recuerdo, alguna cara. Uno de los chicos me llamó la atención. No estaba seguro. Ya estábamos más grandes, teníamos 10 años, pero estaba casi convencido que ese chico rubiecito que estaba al lado mío en la foto de jardín era el mismo que me robaba suspiros en la maestra particular.
Para no dejar lugar a dudas, fui a hablar con mi mamá.
“¿Ma… quién es este chico?”. “Ese es Fer, tu mejor amigo de jardín. Venía siempre a casa. ¿No te acordás?”
Mi cara se iluminó. ¡Habíamos sido amigos! Habíamos compartido toda nuestra niñez y ahora el destino se encargaba de volvernos a juntar para que pasáramos el resto de nuestra vida juntos.
Ese mismo día me robé la foto del álbum y la guardé en un cajón. Su cara era diminuta, casi imperceptible, típica foto de curso…Pero yo la atesoraba y cada día al levantarme miraba su foto a escondidas, era lo único que necesitaba para que mi día se iluminara por completo.
Como para mí nada es suficiente, puse la foto en el cuaderno de la maestra particular. Y como para mí NUNCA nada es suficiente recorté su carita (quedó un rectangulito de medio centímetro por medio centímetro) y lo pegué en una esquina del cuaderno. No sé si realmente creí que él no lo iba a ver o si lo hice para que la viera y se diera cuenta que la vida estaba esperando para unirnos (estaba convencido que cuando me preguntara le iba a responder eso: “fuimos juntos al jardín, ahora a la particular y seguro al secundario, la vida quiere que estemos juntos”).
La cara de terror de ese pobre chico cuando abrió mi cuaderno y vio SU FOTO pegada. Y no era su foto junto a otros 40 chicos en guardapolvos celestes a cuadros, era SU FOTO: su cara reducida a medio centímetro pegada en el cuaderno de alguien que para él era un completo extraño.
Fer: “Este…. Este ¿Soy yo? Sí, soy yo.”
Dago: (Con su mejor cara de “no sé de qué me hablás”)… ¿Qué?
Fer: Esta foto… ¿De dónde la sacaste?
Dago: ¿Qué foto?...Ahhh… mirá. Ni idea, ¿Sos vos? ¡Estás más chiquito! Se te habrá caído a vos y viste que con el calor las fotos se quedan pegadas. (Desde pequeño soy un as para salir de situaciones complicadas).
Fer: No, yo no tenía esa foto mía.
Dago: Entonces ni idea, ¿la querés? ¿Te la devuelvo? ¿Para qué quiero yo una foto tuya? (¡Por Dios y
Con la punta del portaminas empezó a rasparla hasta que la arrancó y la rompió en pedacitos tan chiquitos que no hubiera podido reconstruirla aunque pasara el resto de mi vida dedicado a ello (y si hubiera podido lo habría hecho). Cada impulso de mi cuerpo me empujó a tirarme al suelo, recoger los restos de su cara, que era mí cara de él, y llorar desesperadamente. Pero soy capricorniano y como buen capricorniano me pude controlar, suspirar profundo y ahogar cada lágrima, tragar saliva y hacer de cuenta que no me importaba en lo más mínimo, mientras que el corazón se me estrujaba en el pecho y se me retorcía hasta dolerme, dolerme de verdad.
La clase transcurrió con normalidad, fuimos juntos hasta la parada de colectivo, pero en vez de subirme con él al 40 como cada tarde, inventé una excusa y dejé que se fuera solo.
Lloré en aquel banco de plaza hasta que una señora se acercó y me preguntó si estaba perdido. Le dije que no. “Estoy triste nada más.”
Cuando había recuperado el aliento y mis ojos habían recobrado su color y tamaño normal retorné a mi hogar.
Ahí estaba mi madre, sentada en el sillón de la galería con una foto en la mano. Una foto a la que le faltaba un rostro. Quise seguir de largo pero me detuvo y me extendió otra foto. “Tomá, acá están Fer y vos solos y se ve mejor. ¡Dejá de romperme las fotos del álbum! ¿Estuviste llorando?”
“No Ma… Me entró una basurita…”
lunes, 20 de abril de 2009
Contradicciones.
Soy lo mucho cuando es poco.
Soy el instante de lo eterno,
Cuando nunca es para siempre.
Soy lo ausente en el reflejo,
La soledad que te acompaña.
Soy lo que ves cuando no miras,
Lo que gritas en silencio.
Soy el amor con que te odio,
y las lágrimas de la risa.
Soy el hoy de un pasado,
El ayer de aquel futuro
que no fue, pero ya ha sido.
sábado, 18 de abril de 2009
Amor de la infancia
Era mi primer día en la maestra particular. Mi madre había decidido que fuera a ese colegio y tenía que hacerme preparar durante todo un año. Llegué temprano, como de costumbre. Yo era un pequeñín de apenas 10 años. Ahí estaba Dago con su cuadernito A4 y sus lapiceras nuevas (de todos los colores, rosa, violeta, verde fluorescente. Las de gel, toda una sensación en ese momento). Pasé a la salita donde Carmela, mi profesora, me iba a dar clases. Éramos pocos, enseñanza personalizada que le dicen. La clase estaba a punto de empezar cuando se abre la puerta, “¡Perdón seño! Se me pasó el colectivo.” Era él. Llegaba agitado, se ve que había tenido que correr un par de cuadras para no llegar demasiado tarde. Su pelo rubio caía sobre los hombros, ojos verdes destellantes, figura esbelta. Se sentó a mi lado. Nunca me había latido el corazón tan fuerte, se percató que estaba mirándolo. Me sonrió. El corazón se me salía del pecho. “¿Soy Fernando, sos nuevo?” Tardé unos segundos para darme cuenta que me hablaba a mí. “Sí” dije y clavé los ojos en la tapa de mi cuaderno. “¿Cómo te llamás?” “Dago”. “Ah… Dago, ojalá entremos los dos. Por ahí hasta después estamos en el mismo curso.” La profesora comenzó con la clase. Me llevó un tiempo concentrarme, a cada instante lo miraba de reojo para ver qué hacía, y me transpiraban las manos cada vez que se me acercaba a ver cómo había respondido esta o aquella pregunta.
Así fue como me enamoré por primera vez. 10 años. Una vida diminuta y el amor que en ese entonces era un absoluto. Desde ese momento cada pensamiento se lo dedicaba a él. Obviamente no tenía bien claro qué era lo que me pasaba. Sólo sabía que toda mi vida se reducía a esas 8 horas semanales que compartía con Fer. Cada acercamiento, cada gesto, cada pregunta que viniera de él, significaban para mí una declaración de amor incondicional, un pacto secreto entre nosotros, un código que sólo nosotros conocíamos. Me tomaría casi un año completo darme cuenta que todo eso era una ilusión. Aquel niño de 10 años, probaría por primera vez en su vida (aunque no la única) el amargo sabor de la decepción y el doloroso dardo de la humillación. Aquel sería el bautismo de honor con el que se le pondría fin a la inocencia, que sería acribillada de la forma más dura y cruel. Así di mis primeros pasos hacia eso que llamaban madurez. Un corazón puro comenzaba a marchitarse. (Obviamente, esto va a continuar…)
miércoles, 11 de marzo de 2009
Resistencia.
Cuando recobré la conciencia vi al asesino sosteniendo aquel cuchillo. Vi al cuchillo en mis manos.
Estábamos los dos naufragando en un mar de sangre tibia. Tu cuerpo tendido perforado por la furia. Tu aliento agonizaba en tinieblas. Tus ojos revoloteaban por la habitación en busca de una esperanza. Aquel pequeño haz de luz que se infiltraba desde el exterior te indicaba la salida. Recobraste el impulsó y quisiste escabullirte.
Nuevamente quisiste huir de mí.
Con tus últimas fuerzas intentaste arrastrarte.
Yo lloraba, lloraba desconsoladamente. Mientras me acercaba hacia tu cuerpo reptante, cada una de mis lágrimas te pedía perdón. Tu voz era un llanto ahogado, un grito desesperado que quedaba atrapado en tu garganta, una súplica despavorida.
Yo sé que no querías hacerlo. Yo sé que no querías. No querías huir por eso te detuve. Querías quedarte conmigo y no sabías cómo decirlo.
Tú no querías por eso te detuve.
Tomé tu pie, te arrastré nuevamente hacia mí. Quisiste sostenerte con tus manos, en el suelo de madera quedaron las marcas de tus uñas. Nunca entendiste que no tenía sentido resistirse. Jamás tuviste piedad de mí. Si alguna vez hubieras comprendido que tu única esperanza era yo, nada de esto hubiera pasado. Pero elegiste resistirte. Elegiste huir.
Tuviste la oportunidad.
Te miré a los ojos y te di la oportunidad de hacer que el tiempo vuelva hacia atrás. Y lo último que dijiste fue auxilio. Elegiste tu libertad, pero nunca entendiste que tu libertad era yo. Y jamás te rendiste.
Aquella caricia de reconciliación que había comenzado en tus cabellos ensangrentados, acabó en tu cuello y sentí como tu último hálito de vida se desvanecía entre mis dedos.
Y ahora es de mi herida de donde brota esta sangre que se mezcla con la tuya.
Creíste que la muerte te permitiría ser libre. Y lo único que conseguiste fue una eternidad junto a mí.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Certezas de un error.
Aquella tarde él estaba extraño. Desde el momento mismo en que cruzó la puerta me percaté de que algo pasaba. No quise preguntar, siempre es mejor darle tiempo. Ustedes lo conocen, las palabras hay que sacárselas con tirabuzón y le encanta jugar a las adivinanzas. Tiene esa costumbre de los silencios largos. De hacerte esperar una eternidad después de cada punto. Le gusta jugar a la intriga. Espera hasta que el corazón te lata tan fuerte que él pueda escucharlo desde cualquier esquina de la habitación y recién ahí, en ese momento en que uno se apresta a languidecer y explotar en llanto, justo ahí larga la primera palabra.
Me abrazó. Él no es de los que abrazan por nada. Instantáneamente se soltó de mí. Su mirada acechó un punto fijo en el suelo. Lo contempló largamente y una mueca, que quiso imitar una sonrisa, rompió la tensión que aquel abrazo inesperado había erigido. Tomó mi mano y me condujo hacia la alfombra. Se sentó contra la pared, colocó su cabeza entre las piernas. Me acomodé a su lado. Quiero contarte algo, dijo.
Fue la primera vez que me puso frente a sus secretos. Si hubieran visto cómo le temblaba todo. Las manos, la voz. Era una hojita de otoño agostándose lentamente, hamacándose en los brazos del viento. Quiso ocultarme sus lágrimas pero yo las vi. No dije nada para no avergonzarlo. Las vi correr por su mejilla y vi como él las secaba rápidamente con la yema de su dedo índice, mientras simulaba que se rascaba la nariz.
No fue fácil escucharlo. No fue fácil creer lo que oía. No fue fácil aceptar su realidad. Nada fue fácil desde entonces.
Él estaba ahí, igual que un pequeño confesando su peor travesura y esperando el peor de los castigos. Yo también estaba ahí, sintiéndome juez, sintiéndome con derecho a castigar. Qué esperaba de mí en ese momento, no lo sé. Tampoco recuerdo bien qué se me pasó por la cabeza. Sólo sé que lo que hice no es lo que quería hacer. Sólo sé que me encontré embriagado de miedo y desconcierto. Sólo sé que el silencio venció a las palabras y que mi garganta quedó repleta de cosas que aún hoy no he podido decirle. Sólo sé que desde la alfombra lo vi irse, vi como cerraba mi puerta detrás de sí. Sólo sé que fui yo, quien aquella tarde le pidió que se fuera.
Y es desde esa misma tarde que yo sólo vivo para encontrarlo. Ustedes lo conocen bien, sabrán dónde está. Si lo ven, díganle que hoy sólo sé que lo amo.
lunes, 16 de febrero de 2009
El parque.
Volvíamos de una fiesta en las afueras de la ciudad. Era una noche oscura en la que la luna ocultaba su rostro y la niebla de invierno nos conminaba a una ceguera forzada, apenas interrumpida por las luces de algún vehículo que transitaba por el carril contrario. La conversación dentro del auto no era otra que la esperada luego de algunos tragos, un poco de música y el desfile de rostros desconocidos. El ingreso a la ciudad estaba cerca, sólo bastaba atravesar aquel parque y la civilización nos ofrecería su puerta de ingreso para deshacernos de la penumbra que parecía tragarnos.
Cuando bordeábamos el parque, un presentimiento extraño se adueñó de todos mis sentidos, algo que me aturdía y no me permitía pensar claramente. Le pedí que detuviera el auto. “Algo malo pasa en el parque”. Me dijo que no fuera ridículo. “Acá no hay un alma. Y si hay alguien mejor ni saberlo. Seguro nos roban.”
Quise tranquilizarme. Tenía razón, había bebido bastante y estaba algo confundido. Cuando mi respiración retomó su ritmo normal, volví a sentirlo. Ahora estaba seguro que aquello era una voz. “¿Escuchaste? Alguien nos está llamando desde el parque. ¡Paremos!” Insistí.
Aceleró la marcha, y me lanzó una mirada de fastidio.
Miré hacia el parque, y vi cómo un claro se abría en la espesura de la niebla. Era como si alguien estuviera luchando. Sentía su furia. Oía sus palabras como un pequeño susurro junto a mis oídos. Alguien pedía ayuda y yo no podía hacer como si nada pasara.
Llegamos a un semáforo. Le dije: “Si no volvemos me bajo acá. Algo pasa. Lo vi”. “¿Dónde?” “Allá, en el centro del parque.” “Con esta niebla, a esta hora es imposible que veas el centro del parque, ¡no perdamos el tiempo!”
En ese momento un golpe me sobresaltó, fue un instante, un segundo. Giré mi cabeza y vi aquel rostro espectral y distorsionado que se estrellaba contra el vidrio del auto y desaparecía con la misma velocidad con la que llegó allí. El encuentro con esa mirada aterrada me bastó para entender que no podía quedarme sentado. Él me miró y me dijo: “¿Qué te pasa? ¿Por qué llorás?” Abrí la puerta y me arrojé hacia el parque.
Fue un instinto. Corrí hacia donde había visto el claro. La voz me guiaba a través de la oscuridad con sonidos que me provocaban una tristeza inconmensurable que crecía a cada paso. Mis ojos se debatían por encontrar aquella voz en el vacío. Sentía el peso de la niebla sobre mis hombros. Mis pies tropezaban con ramas y raíces. La cercanía me permitía distinguir que aquella voz era un llanto, una súplica.
Allí lo encontré. Apenas alcancé a sostenerlo en mis brazos. Abrió sus ojos por última vez y dijo “Gracias. Llegaste.”
Estaba tendido sobre un banco justo en el centro del parque. En aquel lugar donde de día algunos niños juegan alrededor de la fuente y de noche otro muere en soledad, rodeado de silencio, de niebla, de olvido.
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“15 años. Parece una sobredosis. Una pena.” Dijo el policía.
lunes, 5 de enero de 2009
El reencuentro.
Estaba ansioso. Regresabas de Esquel. Hacía ya un mes que no te veía, que no te sentía.
Sonó el timbre de mi casa. La emoción jugaba con mi pulso y no me dejaba encontrar la cerradura.
Eras vos. Estabas del otro lado de la puerta. Cruzaste el umbral. Nos miramos. Los cuerpos se atrajeron como imanes. No pudimos detenerlos. Nuestras manos se condujeron con pericia sobre el cuerpo del otro. Recorrieron aquellos rincones tantas veces recorridos. Recordaron cicatrices y lunares. Una corriente eléctrica atravesó mi espalda cuando tus labios hicieron contacto con los míos.
En ese momento la ropa comenzó a asfixiarnos. La pasión derrotó a las costuras, a las hebillas y a los botones, que eran la prisión de nuestra piel.
En el recorrido hacia la cama quedó un tendal de prendas inertes y frías que agonizaban ante el vacío que habían dejado nuestros cuerpos, ahora desnudos, libres.
Un pequeño empujón te derribó sobre el colchón. Estabas indefenso, a la espera del ataque. Mis manos fueron re-conociendo cada centímetro de tu piel nueva y floreciente. Te estremecías ante el recuerdo del encuentro tantas veces imaginado, de ese recuerdo que ahora es instante, de ese instante que ahora es caricia, de esa caricia que ahora es encuentro.
Tu respiración intentaba sofocar a la impaciencia, mientras mi dedo llegaba al final de su aventura epidérmica. Se posó justo ahí, en aquel lugar que sólo vos y yo conocemos, aquel lugar que juntos descubrimos. Lo que era un suave suspiro se transformó en un jadeo ardiente que marcaba el compás de mis movimientos.
Mi boca, celosa de mis manos, que habían llegado a donde ella quería estar, no quiso ser menos y se lanzó precipitada a una carrera que dejaba a su paso un sendero de humedad que erizaba tu piel.
Por momentos jinete, por momentos la bestia, ambos cabalgamos sobre la montura del deseo. Nuestras voces a veces fueron susurros, a veces aullidos. En nuestras palabras se mezclaron el amor, la ternura y la vulgaridad. Tu sudor se confundía con el mío, ya no sabíamos donde terminaba uno y comenzaba el otro.
Toda la pasión y el desenfreno, las caricias y los besos contenidos por treinta días, culminaron repentinamente cuando nuestros ojos se encontraron. El tiempo se detuvo. No nos animábamos a hacer el más mínimo movimiento. Eran nuestros ojos que estaban hablando su lenguaje, un lenguaje sin palabras, sin gestos, un lenguaje que sólo ellos comprendían.
Te recosté suavemente sobre la almohada. Mis dedos recorrieron tu rostro, acariciaron tus ojos, tus labios, una sonrisa se dibujó cuando aquel cosquilleo te hizo suspirar. Lentamente acerqué mis labios a tu cuello, besé tus hombros, sentí tu aliento rozar mis oídos. Cada movimiento era tan lento que parecía que estábamos bajo el agua.
Sin hablar me lo pediste y nuestros cuerpos se unieron como si fueran dos mitades de un mismo todo que el tiempo bendijo con el reencuentro.
sábado, 13 de diciembre de 2008
Para la cartera de la dama y el culo del caballero*
martes, 9 de diciembre de 2008
Luces en la noche.
Las luciérnagas danzaron para nosotros aquella noche.
Acompañaron con su brillo el ritual nocturno de los besos y las caricias.
Testigos diminutos, escurridizos, casi anónimos que destellaban luz y maravillaban tus ojos.
Nunca las habías visto.
No las conocías.
Contemplaste como un niño aquellas pequeñas lucecitas que te invitaban a jugar a la escondida... Agudizaste tus sentidos y estuviste atento a cada resplandor, para no perderte el más mínimo detalle de aquel maravilloso espectáculo de estrellas vivientes, que bajaron hasta aquí para enseñarte su misterioso secreto: el de la luz hecha vida, el de la vida hecha luz...
Pequeños seres fantásticos, como hadas luminosas, explosiones de luz, soles terrenales que brillaron en aquella noche y te transportaron a su mágico mundo, a jugar su juego inocente...
Y ahí estabas vos, tratando de descubrir su escondite, y ellas escabulléndose de tu mirada...
Y ahí estaba yo, viéndote jugar a la escondida.
Te transformaste en una luciérnaga más.
Me iluminaste con tu luz.
Me llenaste de vida.
jueves, 4 de diciembre de 2008
Nada que ver...
"Si señora, soy mogólica."
"¡Ahhh! ¡Yo pensé que eras coreana!"
"Si, si... También soy coreana."
Ahora: hay que tener mala suerte para haber nacido coreana y encima mogólica... (o mogólica y encima coreana... no sabría bien como decirlo).
Sin embargo, un monumento a la coreana mogólica, porque nunca me reí taaanto en mi vida...
La cara de la vieja: IMPAGABLE.
lunes, 24 de noviembre de 2008
Invitado por Uno y Dos...
La cuestión es así, ellos te envían una imagen y uno tiene que "delirar", inspirarse y escribir lo que esa imagen genere...
A mí me salió esto....
Espero sea de su agrado. Besitos!!!!...
viernes, 21 de noviembre de 2008
Pornografía Infantil NO.

lunes, 17 de noviembre de 2008
Mi puerta.*
Me despertó la risa de unos niños.
El lugar me resultaba conocido, pero era extraño despertar ahí. ¿Qué hacía yo en una plaza a esas horas? ¿Por qué esos niños correteaban a mi alrededor como si no importara que yo estuviera durmiendo?
Estaba cerca de casa. Unas pocas cuadras y mi cama caliente borraría el recuerdo de este dolor de espalda. Aquel banco era muy incómodo. ¿Cuánto tiempo habré estado allí?
Me incorporé y con algo de duda emprendí el camino. Bajar cinco cuadras y doblar media a la izquierda.
Un banco de plaza. ¡A quién se le ocurre!
Bajar cinco cuadras y doblar media a la izquierda.
Es extraño. ¿No debería haber aquí un supermercado? Estoy desorientado, quizá en la próxima esquina.
Bajar cinco cuadras y doblar media a la izquierda. Estoy seguro de haber seguido mis propias instrucciones, pero la puerta que allí me esperaba no era la que me devolvería a mi lecho.
Sólo quería recostarme y la confusión me impedía hallar la esquina correcta donde doblar.
Avancé unas más, luego retrocedí. Puertas, carteles, indicaciones, lugares conocidos que desconocía. Entrar y salir. Doblar y regresar. Ninguna era mi puerta.
Volví al inicio. A aquel banco. Debía recomenzar la búsqueda. Bajar cinco cuadras y doblar media a la izquierda. Y aquellos niños seguían allí.
Las contaré. Sólo pensaré en contar las cuadras. No me detendré en ningún detalle menor. Nada me distraerá. Bajar cinco cuadras y doblar media a la izquierda.
¿El supermercado? ¿Por qué no estaba allí el supermercado? ¡Qué importa! ¡Quiero mi puerta!... Bajar cinco cuadras y doblar media a la izquierda. Y allí estaba de nuevo frente a aquella otra puerta que se esmera en ocultar tras de sí a mi puerta.
"¡Devolveme mi puerta!" Grité mientras sostenía aquel picaporte tieso, duro, inerte, tan distinto al que empuño cada día al traspasar mi puerta. La puerta que no encuentro, la puerta que debía esperarme y no está.
Tiro con fuerza y aquella otra puerta que ha usurpado el lugar de la mía se abre, alguien del otro lado me observa y me dice "¿Hoy de nuevo? Ya le dimos ayer, vaya...Vaya, para la semana que viene le junto alguito."
La puerta se estrelló contra mi rostro. Se transformó en un muro infranqueable, en una barrera que me separaba de quien yo soy, o de quien yo creía ser, o quizá de aquel recuerdo de quien yo había sido. O tal vez era tan sólo un deseo... Un deseo que quizá he alimentado cada noche en el banco de una plaza, en el banco en el que ahora me encuentro fatigado, intentando dormir, queriendo no despertar, extrañando mi puerta.
Si tan sólo esos malditos niños se callaran. ¿Acaso ninguno ve que estoy aquí?
domingo, 9 de noviembre de 2008
Señales, coincidencias y una lluvia inoportuna.
Señales, cientos de señales de advertencia. Sin embargo, igual me fui con él a su casa.
Lo conocí en el boliche. La combinación de alcohol, música y soledad hizo que yo aceptara compartir una cerveza. Lisandro era su nombre... lo acompañé a la barra, pidió un trago y entablamos conversación.
Lisandro: ¿Cómo te llamás?
Dago: (Pufff... ¡Qué original comienzo!) Dago...
Lisandro: Ah... Como Pablo, Pablo Rago. Nombre raro.
Dago: No, no... Dago. Con "de" (¿Habrá esperado que me ría? Bue... al menos la cerveza está fría.)
Lisandro: Yo, Lisandro...
Dago: (Ya me habías dicho...) Ajá... Como Lisandro de la Torre (Seguro no sabe quién es...)
La cara se le iluminó, se llevó la mano al pecho, aspiró mucho, mucho aire y empezó a sonreír mientras se mordía el labio inferior y dijo...
Lisandro: (Gritando) ¡NO!
Dago: (¡Ay!... ¡Me asusté!)
Lisandro: ¡No te puedo cre-er! ¡Me pusieron ese nombre por él! Mi viejo era re-amigo de esa familia.
Dago: (Fuck! Ahora seguro dice que es una "señal del destino" ¡No me lo voy a poder sacar de encima!)
Lisandro: ¡Esto es una señal del destino!
Dago: (¡Uy! Si, definitivamente. Ahora voy a tener que cambiar el número de celular. Otra vez. Sí, sí... Otra vez. Siempre me tocan enfermitos.)
Lisandro: ¿Estudias?
Dago: Si. Historia.
Lisandro: ¡¡¡NO TE LO PUEDO CREEEE-EEERRR!!! (Gritando. De nuevo. Y más fuerte)
Dago: (¡Ay! ¡Me asustó de nuevo! ¡Por qué grita, si lo escucho igual!)
Lisandro: Yo estudiaba historia... ¡Cuántas coincidencias!
Dago: (¡Auch!... Ahora además de cambiar el número, me voy a tener que mudar...)(Sonriendo) ¿Si? ¿Te recibiste?
Lisandro: No. Era mucho para leer. Terminé en abogacía.
Dago: ¡Ah!... Sos abogado. ¡Qué bien! (¿¿¿Mucho para leer???... ¿No te lo pudiste imaginar antes de inscribirte?)
Lisandro: No, no. No soy abogado. Soy decorador de interiores. Me di cuenta a tiempo que esa era mi vocación.
Dago: (¿Por qué lo dice con tanto orgullo? ¿Acaso eso es una vocación?)
Lisandro: Sos muy lindo, siempre te vi y me gustaste. ¿Te puedo dar un beso?
Dago: (Mmm... Bue... A ver si así remontamos esto...) (Intentando sonreír) Eso no se pide. (Besame antes que me arrepienta)
Por algún motivo que desconozco mientras me besaba me metió la lengua en la nariz, me llenó de baba inmunda la oreja y me lamió los ojos... Me apretó la cintura con demasiada fuerza y me levantó la remera mientras intentaba pellizcarme los pezoncitos (o tetillas, nunca sé cómo llamarlos).
En un momento mientras luchaba por mi vida y buscaba la forma de que entrara algo de aire a mi organismo para no morir de asfixia, algo raro me llamó la atención: o este chico tenía algún problemita físico y calificaba para fenómeno de circo, o había alguien más tocándome...
Efectivamente, alguien se sintió atraído por mi abdomen al descubierto y sin el más mínimo prúrito decidió intervenir en la escena con ambas manos y ya que estamos, por qué no, también con una muy poco sutil apoyada...
Yo ya formaba parte involuntaria de un trío y como no quería darme vuelta y percatarme que el tercero en discordia no sólo era un desubicado, sino que además podía llegar a convertirse, en lo sucesivo, en el protagonista de todas mis pesadillas, opté por retirarme sin mirar hacia atrás.
Creerán que me marché solo.
No. Lisandro se constituyó en mi sombra y no pude sacármelo de encima.
Lisandro: Ese te estaba tocando... Yo no dije nada porque pensé que te gustaba.
Dago: (¡Soltame la mano!) No, no me gustaba por eso me fui. Necesito ir al baño.
Lisandro: Te acompaño.
Dago: Es un baño público, no te puedo prohibir que entres. (Oops! ¿Eso lo dije o lo pensé?)
Lisandro: ¿Ehh?
Dago: (¡Auch! Lo dije). Daaaale, vamos.
Estaba en mi cubículo, en ese diminuto box, con ese olor tan desagradable propio de cualquier baño en el que los últimos 72 visitantes se olvidaron de tirar la cadena.... Pero para mí era un páramo de paz, libertad y tranquilidad. Extendí mi estadía lo más que pude, con la esperanza de que al salir él ya no estuviera... Me asomé de a poco, entreabrí la puerta con movimientos suaves mientras apretaba fuerte los ojos... Cuando los abrí, ahí estaba él con su sonrisa cínica, como disfrutando de ese asedio.
Después de presentarse con mis amigos como "mi futuro novio", de hacerme escenas de celos en dos oportunidades porque hablé con personas que él no conocía y después de referirse a mí como "amor", "vida", "bebé" y de balbucear un "te quiero" que ignoré olímpicamente, decidí terminar con eso y marcharme de allí, pero una lluvia torrencial arruinó mis planes y a los diez minutos me encontraba refugiado bajo un toldo junto a un cambalache de putos, lesbianas, travestis y floggers y por supuesto él ciñéndome de la cintura y repitiendo incesantemente "amor, necesito ir al baño."
Por qué no me deshice de él a tiempo, no lo sé. Pero ahí me encontraba yo, víctima de su insistencia, preso de su compañía, enceguecido por la soledad, ofreciéndole la posibilidad de que me demostrara que sí era él a quien yo estaba esperando. Porque aunque no lo crean, nada de lo ocurrido me fue suficiente para convencerme de lo contrario.
Y ahí estaba yo, bajo aquel toldo abrazado a él, esperando el colectivo para ir a su casa...
miércoles, 29 de octubre de 2008
Uno y el Otro.
Uno despertó aquella mañana con tiempo suficiente para desayunar. El Otro apenas tuvo tiempo de acomodar su cabellos mientras cepillaba sus dientes.
Uno iba a aprovechar el buen clima para caminar al trabajo. El Otro olvidó extraer dinero del banco, no tendría más alternativa que caminar.
Uno, mientras se despedía de su mascota, miró el almanaque y sonrió. 29 de octubre. Algo le decía que ese no iba a ser un día como cualquiera. El Otro, mientras revolvía su casa buscando las llaves, miró el almanaque. 29 de octubre. Su cumpleaños. Decidió no encender el celular. Odia los días especiales.
Uno se detuvo en aquella esquina a la espera del rojo para cruzar. Desde allí lo divisó. El otro se encontró con esos ojos que lo escudriñaban desde la vereda del frente y sus miradas jugaron a las escondidas un rato. Cruzó la calle.
Uno quiso advertirle, pero el impacto se adelantó...
El Otro yacía sobre el asfalto. Para él, el mundo se volvía puro dolor y tinieblas.
Uno recogía el cuerpo del Otro y lo sostenía entre sus brazos. Para él, el mundo también se volvía puro dolor y tinieblas.
Uno tomó las manos del Otro. El Otro apretó con fuerzas y el mundo ya no fue tinieblas. El dolor se extinguió de pronto.
Uno acarició el rostro del Otro, besó por primera y única vez sus labios y con la mano libre le cerró los ojos.
Allí Uno y Otro se encontraron, se amaron y se perdieron para siempre.
El instante se hizo eterno. Lo eterno duró un instante.
Uno ya no lo olvidaría.
El Otro tampoco.
martes, 28 de octubre de 2008
Los memés para Olivia...
Aquí va mi lista:
1- De lunes a viernes, de 7.44 a 8.18 de la mañana: 34 minutos de arrumacos, retozos, besos, abrazos y cucharita. Amor...Mucho amor... ¿Acaso algo puede borrarme la sonrisa cuando me despierto así?
2- El calorcito de algunos recuerdos...
3- Cabalango. Su rio, su sol, su paz.
4- La combinación de lluvia, libro, mate, una galeria, mis perros y la soledad. (O su variante: lluvia, mate, una galería, mis perros y él y yo juntos bajo una frazadita... Aunque aun no haya sucedido, de sólo pensarlo me hace feliz... Pero los mates los cebas vos.)
5- Tener el cambio justo para pagar y que quien me haya atendido me lo agradezca.
6- El delirio crónico de algunos amigos y de las charlas con mis hermanos...
Bonus track: Reirme y hacer reir.
Olivia: Por cuestiones de fuerza mayor no puedo terminar el "desafío". Estoy en el trabajo... Pero no quería dejar de postearlo....
Igual, están todos invitados a contarnos mediante un comentario cuáles son esas pequeñas cosas que los hacen felices! Besos a todos!....
domingo, 26 de octubre de 2008
El duelo.
"Dejé a mi novio para estar con vos" me había dicho hace tres semanas.
Yo casi no lo conocía y jamás me había llamado la atención, pero me pareció el mejor acto de amor que nadie habría podido hacer jamás. (En honor a la verdad: me sentí la persona más linda del universo. ¡Dejó a su novio para estar conmigo!...¡Soy un Dios!)
Ya habían pasado 3 semanas de aquella frase que había logrado amordazar esa voz interna que nos alerta de los peligros, y ya me había arrojado a una nueva aventura con final incierto. Tres semanas que fueron un banquete para mi autoestima, en el que los halagos eran manjares que se degustaban con irreverencia y sin pausa. Mi ego pecó de gula y vanidad, y es ley que los pecados se pagan, y a veces demasiado caros.
Esa misma mañana estábamos en su departamento. Flamante departamento que hacía dos días había estrenado y yo recién conocía. Flamante monoambiente a compartir con su amiga. Flamante piecita que iba a ser, sin lugar a dudas, nuestro "nidito de amor", pequeño nidito de amor.
Mientras él se duchaba yo preparaba el desayuno, encendía unos sahumerios, ponía música, oscurecía la habitación y preparaba el clima adecuado para que a la inauguración no le faltara nada... Me acosté en el suelo y probé varias poses para ver cuál era la adecuada, había que sacarle provecho al poco espacio que nos quedaba en ese cuarto diminuto atestado de muebles. Cada vez que alguno se movía parecía un juego de Tetris Humano. Y no podíamos contar con la cama: cucheta. Y encima, techos demasiado bajos- vicios de la arquitectura moderna. Hubiera parecido un acto de contorsionismo... Aunque deberíamos haber probado, con un poco de práctica quizá Susana nos invitaba a su living. ¡Un éxito total!.
De repente, mientras yo estaba en el suelo intentando pasar mi pierna por sobre la cabeza, sonó el timbre. Me pidió que bajara a atender mientras él salía del baño. "¡Debe ser equivocado, todavía nadie sabe que me mudé!" dijo...
Abrí la puerta esperando encontrarme con la tía del anterior inquilino y grata fue mi sorpresa cuando tras esa puerta estaba él, su EX.
Comenzó el duelo....
Nos recorrimos con la mirada, reconocimos cada uno a su oponente. Yo saludé como el caballero de guante blanco que soy, él pasó sin pedir permiso y se dirigió a las escaleras. Conocía muy bien el lugar como para no haber estado nunca ahí.
Próxima escena: El EX y yo, uno en cada punta del departamento (Si es que a ese lugar se le podían encontrar dos puntas. ¡Estaba todo tan amontonado!) Él sale del baño, nos ve, palidece, tartamudea. Tienen una discusión sobre deudas y dinero. El EX me pide que me vaya (Como leen: el EX me pide que me vaya...) Yo le digo que a mí me invitaron. Ante mi resistencia bajan ellos para hablar en la vereda. Yo espío por la ventana. (¿Acaso alguien dudó que lo iba a hacer?)
Pasa un tiempo y veo que él regresa y deja a su EX solo. Yo inflo el pecho y me preparo para recibir mi trofeo. Había salido victorioso en la batalla. Observo una vez más a mi adversario y suelto una sonrisa triunfal y desdeñosa. La estocada final. Mi golpe de gracia.
La puerta se abre. Yo estoy exhultante a la espera de que él se arroje a mis brazos. Cuando me acerco me rechaza, improvisa una excusa y dice:
"Va a ser mejor que te vayas..."
El vencedor se transformó en vencido. Quise salir sin mirarlo pero no pude evitar verlo en la vereda con su sonrisa cínica, devolución de cortesías supongo.
"Dejé a mi novio para estar con vos" me había dicho. Yo le creí.
Los pecados se pagan caro. Y la credulidad parece también ser uno de ellos.
jueves, 23 de octubre de 2008
El juego.*
Acá estoy jugando a extrañarte, jugando a soñar que sueño con vos.
Acá estoy inventándote para que estés conmigo, mintiéndome para que no te vayas.
Acá estoy haciéndote lugar en mí, dejándote pasar...
Acá estoy necesitando que me necesites, y queriendo que de veras me extrañes...
Acá estoy creyéndome este juego...
Acá estoy aprendiéndolo a jugar.
Acá estoy.
si...Te espero.
Acá estoy.
Vení.
Juguemos.
martes, 21 de octubre de 2008
Nadie.*
Ese nadie que está a mi lado...
Ese nadie junto a quien he despertado tantas noches.
Ese nadie que con su compañía me hace sentir tan solo...
Ese nadie que toca, pero no acaricia...
Que respira sin suspirar y abraza sin dar calor.
Ese nadie que camina a mi lado, pero no por la misma senda.
Ese nadie que a veces me ve dormir, pero no está en mis sueños.
Ese nadie que es nadie y es nada y a veces parece ser todo.
Ese nadie que a pesar de ser nadie hoy es musa,
Ese nadie para quien hoy escribo.